Porque el Estado no es lo que ves en los noticieros. El Estado no es el discurso de un ministro, ni el anuncio de una política pública, ni la firma de un decreto. El Estado es esto: son las personas que llegan a las 7 de la mañana a trabajar en oficinas sin aire acondicionado, en escritorios heredados de administraciones anteriores, con sistemas informáticos que parecen arqueología. Son las personas que revisan documentos, que atienden reclamos, que hacen seguimiento de expedientes, que mantienen conversaciones difíciles con ciudadanos a menudo enfadados. Son los técnicos que trabajan en plantas reguladoras, que analizan datos de consumo de energía, que aseguran que el sistema funcione. Son las decenas, los cientos, los miles de personas anónimas sin cuya labor cotidiana todo esto se derrumbaría en horas.

Nadie escribe sobre ellos. No salen en las redes sociales. No tienen twitter. Trabajan sin aplauso. Y mientras tanto, sostienen.

Eric Salomone Strunz trabajando de noche con la bandera argentina — el Estado que no se ve, el funcionario público que trabaja en silencio para que el país funcione
El Estado invisible trabaja cuando la ciudad duerme.

"El Estado es tan bueno o tan malo como las personas que lo componen. La energía que llega a millones de hogares argentinos depende de que alguien, aquí adentro, con un sueldo que probablemente no alcanza, se levante cada mañana creyendo que su trabajo importa."

Cuando asumí responsabilidades en gestión de personas en ENARGAS, entendí algo que debería ser obvio pero no lo es: el Estado es tan bueno o tan malo como las personas que lo componen. La energía que llega a millones de hogares argentinos depende de que alguien, aquí adentro, con un sueldo que probablemente no alcanza, se levante cada mañana creyendo que su trabajo importa. Esa es la verdad que no se cuenta.

He conocido a gente que trabaja en regulación energética que podría ganar el doble en el sector privado. Se quedan porque creen que lo que hacen es público, que sirve a algo mayor. He conocido secretarias que tienen más dignidad en su tarea de organizar un escritorio que muchos ejecutivos en sus oficinas de vidrio. He conocido administrativos que parecen maestros resolviendo acertijos kafkianos con expedientes que no deberían existir.

¿Por qué se quedan? Ésa es la pregunta que me intriga. Y la respuesta, cuando logras hacer que alguien te la diga con sinceridad, es siempre la misma: porque creen que importa.

Eric Salomone Strunz contempla Buenos Aires — el funcionario público que trabaja para la ciudad que observa, la responsabilidad del Estado argentino
Cada ventana de esa ciudad es una razón para que el Estado funcione bien.

Créeme, en estos tiempos, eso es revolucionario.

Mi trabajo es velar por esas personas. Es asegurar que cuando alguien ingresa a la administración pública, no sea devorado por la mediocridad, la corrupción o la desilusión. Es crear espacios donde la gente joven vea que puede crecer, que puede tener carrera, que no está condenada al estancamiento. Es hacer que cuando un trabajador público llega a casa a la noche, pueda mirar a su familia a los ojos y decir: "Hoy hice algo bien".

"El Estado funciona o no funciona dependiendo de si la gente que trabaja en él lo hace con integridad. Y la integridad se quiebra cuando alguien siente que nadie lo ve."

Porque aquí está la cosa: el Estado funciona o no funciona dependiendo de eso. No depende de los organismos internacionales que vinieron a evaluarnos. No depende de los editoriales de los diarios. Depende de si la gente que trabaja en él lo hace con integridad o no. Y la integridad se quiebra cuando alguien siente que nadie lo ve, que su esfuerzo no importa, que puede hacer las cosas mal sin que haya consecuencias — porque de todos modos "el sistema" es injusto.

He visto que cuando la gente siente que es parte de algo mayor, que hay claridad sobre qué se espera de ella, que sus jefes son personas de palabra, que hay consecuencias para los que hacen las cosas mal — cuando eso ocurre, algo cambia. No mágicamente. Pero cambia.

Hace años, en mi primer empleo en el sector público, organicé un recital a beneficio de un comedor. Vino gente de nuestro equipo, trajeron a sus familias. Recaudamos dinero que fue directo a gente que lo necesitaba. No fue nada espectacular. Pero lo que me quedó fue ver a mis compañeros comprendiendo que el trabajo que hacían día a día — ese trabajo invisible, sin reconocimiento — alimentaba a otros. Que había una cadena de significado. Después de eso, el trabajo en la oficina cambió de textura.

El Estado que funciona es el que cree en eso. Es el que entiende que no estamos en nómina para rellenar una estructura. Estamos aquí para servir. Y servir es un verbo que requiere pasión, claridad y honestidad.

Cuando miro hoy los desafíos del país — la inflación, la incertidumbre, la gente que sufre — no puedo evitar pensar en esa gente que viene a trabajar aquí. En los técnicos que regulan un sector crítico. En los administrativos que procesan lo que el Estado promete. En los que muchas veces ven cómo promesas políticas se transforman en frustraciones de la gente. Y aun así vienen.

Eso no es un trabajo. Es un acto de fe.

Mi responsabilidad es honrar esa fe. Es asegurar que cuando alguien en ENARGAS se levanta para venir a trabajar, sepa que hay alguien en gestión de recursos humanos que ve su esfuerzo, que lo valora, que cree que tiene un futuro en esto. Es crear un equipo donde la honestidad no es un riesgo sino una fortaleza. Donde la corrupción no prospera porque no hay clima para ella.

¿Es posible? A veces no sé. Pero lo intento cada día.

Porque el Estado que no se ve — ese que sustenta todo — merece que alguien lo vea. Que lo vea, lo valore, y luche por mantenerlo íntegro.

Eso es lo que hago aquí. Por eso vengo cada mañana.