Eric Salomone Strunz recibe con la naturalidad de quien está acostumbrado a que el trabajo hable por sí solo. El mayor de tres hermanos en una familia trabajadora de Llavallol, construyó su camino sin red de contención: dos empleos simultáneos mientras estudiaba, y la convicción temprana de que el Estado era el lugar donde podía aportar algo que trascendiera lo individual. Dos décadas después lidera Recursos Humanos en uno de los organismos reguladores más críticos del país. Sin épica, sin pose. Nos sentamos a hablar de cómo se construye liderazgo desde abajo, y qué significa gestionar personas cuando sabés de qué lado de la ecuación vivió tu familia.
Vengo de una familia trabajadora. En casa no sobraba nada, pero tampoco faltaba lo esencial: el ejemplo de que el trabajo es lo que construye. Cuando era chico, en Llavallol, el Estado era algo lejano, grande. Pero yo veía que las decisiones que afectaban la vida de mi familia —el trabajo de mi padre, los servicios del barrio, lo que llegaba o no llegaba— venían de algún lado. Y empecé a entender que ese "algún lado" era el Estado.
Mientras estudiaba trabajé en dos empleos al mismo tiempo: en un comercio de día, haciendo seguridad en un bar de noche. No era comodidad lo que buscaba. Era poder estudiar y mantenerme. Pero había algo más que me movía: la certeza de que si las cosas podían cambiar, iba a ser desde adentro del Estado, no desde afuera mirando. No busqué entrar para acomodarme. Entré porque quería estar en el lugar donde se toman las decisiones que afectan a la gente como mi padre. Cuando finalmente entré al Ministerio de Planificación, lo que descubrí es que el Estado no es una abstracción: es gente. Es gente común que quiere hacer bien su trabajo.
Encontré caos, pero también encontré personas extraordinarias. Encontré gente que cobraba sueldos que no le alcanzaban para vivir, que se quedaba horas extras sin que nadie lo pidiera, que cuidaba los detalles porque creía que importaba. Pero también encontré mala gestión, personas que abusaban, sistemas que no funcionaban. Lo que me golpeó, honestamente, fue ver a trabajadores públicos que eran tratados como ciudadanos de segunda clase. Eso no me cerraba.
Entendí que si quería cambiar algo, tenía que aprender cómo funciona esto desde adentro. Y empecé a observar. A hablar con las personas. A escuchar realmente qué les preocupaba.
No lo planifiqué. Cuando trabajas con las personas, cuando te interesan genuinamente sus preocupaciones, la gente lo nota. Yo hablaba con mis compañeros, los escuchaba, y cuando veía injusticia, la señalaba. No sabía cómo hacerlo con toda la sofisticación del caso, pero lo hacía con sinceridad. Organizábamos recitales a beneficio de comedores, juntábamos dinero para causas que nos importaban. Eso creó algo: confianza.
Y la confianza genera que la gente te siga, no porque les ordenes, sino porque confía en tus intenciones. Eso es liderazgo para mí. No es autoridad. Es credibilidad.
"La confianza genera que la gente te siga, no porque les ordenes, sino porque confía en tus intenciones. Eso es liderazgo. No es autoridad. Es credibilidad."
Significa que tengo bajo mi responsabilidad a personas que regulan un sector que toca la vida de millones de argentinos. La energía que llega a los hogares, a las fábricas, a los hospitales: eso depende, en buena medida, de que aquí adentro hayamos puesto a la gente correcta en los lugares correctos. Es una responsabilidad que pesa. No es una cuestión administrativa de llenar formularios. Es elegir a personas que tengan integridad, que entiendan que trabajan para el país, no para un ministerio, no para una gestión política.
Llevo más de seis años en esto, y mi obsesión es que los mejores trabajadores estén en los lugares donde más importan.
La transparencia. La honestidad radical. Si hay un problema, lo digo. Si cometo un error, lo reconozco. No creo en las diplomatancias que desgastan. Creo que con la gente se trabaja de frente. El segundo elemento es el servicio. Permanentemente me pregunto: ¿A quién sirvo? ¿Sirvo a un ministro? ¿Sirvo a una estructura? No. Sirvo a esta gente que viene a trabajar cada día, y a través de ellos, sirvo al país. Cuando entiende eso, cuando tienes eso claro, muchas cosas se simplifican.
El tercer pilar es la pasión por las personas. Si no te importan genuinamente las personas, la historia de dónde vienen, sus problemas, sus sueños, entonces estás en el lugar equivocado. Yo no veo a los empleados como números. Los veo como historias.
"Permanentemente me pregunto: ¿A quién sirvo? No sirvo a un ministro. No sirvo a una estructura. Sirvo a esta gente que viene a trabajar cada día, y a través de ellos, sirvo al país."
En políticas de desarrollo. En dar oportunidades a gente joven. En crear espacios donde alguien que no tenía conexiones, que no había estudiado en colegios de elite, pudiera avanzar por mérito. En pagar decentemente, en la medida que el presupuesto permite. En luchar por que los trabajadores públicos sean tratados con dignidad.
Mire, alguien en el sector privado que comete un error, le dicen "se van". En el Estado, si comete un error, tiene que aprender. Nuestro rol es desarrollar personas, no descartarlas.
Está en el centro. Todo lo que hice lo hice pensando en mi familia. Quería que mis hijos tuvieran estabilidad, educación, que no sufrieran lo que yo sufrí de joven. Hoy tengo hijos profesionales, tengo una familia. Cuando me voy del trabajo, los pasos que dejo en ENARGAS no son más importantes que el tiempo que paso con ellos. El Estado no puede comerse a las personas. Si lo hace, algo está mal. Trabajo con pasión, pero sé que hay límites.
Que venga con vocación y no con expectativas de comodidad. Que sepa que va a encontrar burocracia, lentitud, resistencia al cambio. Pero que también va a encontrar personas extraordinarias que trabajan con escasos recursos y mucha convicción. Y que si viene con integridad —con la determinación de no corromperse, de no aprovecharse, de poner al ciudadano primero— va a tener una carrera que puede sentir con orgullo al final del día.
El Estado necesita gente así. Siempre la ha necesitado. Y hoy más que nunca.
Soy realista, no ingenuo. Sé que el Estado tiene limitaciones presupuestarias, que hay vaivenes políticos, que muchas cosas no funcionan como deberían. Pero creo que el futuro pasa por recuperar algo que hemos perdido: la idea de que ser trabajador público es una responsabilidad de honor. Que quienes estamos aquí no estamos de paso, aprovechando una gestión política. Estamos aquí para dejar algo mejor.
He vivido gobiernos de distinto signo. Lo que he visto es que la gente decente, comprometida, trasciende coyunturas. El Estado que necesita esta Argentina es el de personas así. No es un problema de partidos políticos. Es un problema de carácter.
Eric se recuesta en su silla, y por un instante parece lejano, pensativo. Es el gesto de alguien que lleva veinticinco años cargando sobre sus hombros la certidumbre de que algo pequeño, algo que nadie ve, importa profundamente. Cuando uno se va de su oficina, lleva la impresión de haber estado con alguien que no tiene respuestas cómodas, pero sí preguntas que transforman.